Durante décadas, las cocinas del mundo se construyeron alrededor de un principio casi inamovible: el sabor requiere aceite. Freír, dorar, sellar… todo parecía depender de esa capa de grasa que prometía textura y placer. Sin embargo, el cambio en los hábitos de consumo, la creciente atención a la salud y el tiempo limitado para cocinar dieron paso a una revolución…
