Construir una marca de moda implica mucho más que diseñar una colección. Importar textiles, producir, etiquetar, comunicar su composición y escalar hacia retail exige entender una estructura regulatoria que puede modificar costos y tiempos. Susana Cohen explica por qué el diseñador también necesita pensar como empresario.
Un diseñador puede encontrar el lino perfecto en Italia, una seda en Asia, un tejido técnico en España o un proveedor capaz de producir una colección completa en otro país. Lo creativo puede estar resuelto. El problema comienza cuando nadie preguntó qué significa introducir ese material o esa prenda a México.
La moda también es una industria regulada.
Y para Susana Cohen, empresaria, abogada y especialista en regulación, este es precisamente uno de esos territorios donde una decisión aparentemente creativa termina convirtiéndose en una decisión financiera, aduanera y operativa.
“La regulación le aplica tanto al producto como al sitio de fabricación”, explica Cohen.
La frase adquiere especial sentido cuando se traslada al negocio de la moda. Una marca no solamente tiene que pensar qué quiere producir: necesita saber qué está importando exactamente, bajo qué clasificación entra al país, qué obligaciones genera y cómo llegará finalmente al consumidor.
Uno de los primeros errores sería pensar que todos los textiles reciben el mismo tratamiento. México utiliza la Ley de los Impuestos Generales de Importación y de Exportación para clasificar las mercancías mediante fracciones arancelarias; esa clasificación es la que permite determinar impuestos y distintas regulaciones aplicables.
Para un diseñador esto significa que importar rollos de tejido para producir posteriormente en México no necesariamente implica las mismas obligaciones que importar vestidos ya confeccionados y listos para colocarse en una boutique.
El SAT mantiene, además, al sector “Textil y confección” dentro del Padrón de Importadores de Sectores Específicos. Dependiendo de las fracciones arancelarias involucradas, las personas físicas o morales que realizan estas operaciones pueden necesitar su inscripción correspondiente, además de cumplir condiciones fiscales y aduaneras.
En determinadas operaciones de importación definitiva de textil y confección también existe un permiso automático cuando el precio unitario declarado se encuentra por debajo del precio estimado establecido por la autoridad.
Es justamente ahí donde la asesoría técnica deja de parecer burocracia y empieza a convertirse en planeación de costos.
Porque el precio real de una tela importada no termina en la factura del proveedor.
También pueden intervenir clasificación arancelaria, impuestos, logística, agente aduanal, cumplimiento documental y tiempos de despacho. Además, la política arancelaria del sector ha sufrido modificaciones recientes, por lo que una marca no debería construir sus márgenes suponiendo que las condiciones de una importación anterior continúan exactamente iguales.
Cuando el producto llega al consumidor aparece otra capa.
La NOM-004-SE-2021 establece la información comercial aplicable a productos textiles, prendas de vestir, accesorios y ropa de casa dentro de su campo de aplicación. Entre los elementos que contempla están la identificación del responsable del producto, país de origen, composición de fibras, instrucciones de cuidado y tallas o dimensiones. La norma aplica a productos con una composición textil igual o superior al 50% respecto de su masa y destinados al consumidor final en los supuestos establecidos por la propia NOM.
Así, esa pequeña etiqueta que el consumidor normalmente corta al llegar a casa es, en realidad, parte de la infraestructura de cumplimiento de una marca.
Para un diseñador independiente puede parecer un detalle menor. Para una empresa que quiere colocar cientos o miles de prendas en boutiques, tiendas departamentales o marketplaces, deja de serlo.
Y aquí aparece una de las observaciones de Cohen que mejor explica el salto entre diseñador y empresario:
“Es mucho más fácil si desde el primero chiquito empiezas a cumplir y vas cumpliendo conforme vas creciendo”.
El problema no es producir 50 piezas. El problema surge cuando esas 50 funcionan, se convierten en 500, después en cinco mil y la estructura que nunca se ordenó crece junto con la marca.
En moda suele hablarse de storytelling, tendencia, identidad y posicionamiento. Menos frecuente es hablar de proveedores, documentación, trazabilidad o responsabilidad frente al consumidor.
Pero todos ellos terminan definiendo la posibilidad de escalar.
Una marca que quiere entrar a grandes cadenas no solamente será evaluada por la estética de la colección. Como Cohen explica desde su experiencia con otros sectores, retailers importantes pueden revisar documentación, instalaciones, fabricación, etiquetado y procesos antes de aceptar determinados productos.
Para el diseñador emergente, entender esto temprano cambia la lógica del negocio.
Ya no se trata solamente de encontrar una tela extraordinaria en París, Milán, Bogotá, Estambul o Shanghái. Se trata de saber si esa elección puede viajar correctamente por toda la cadena: compra, importación, manufactura, etiquetado, distribución y comercialización.
Cohen utiliza una expresión mucho más coloquial para explicarlo: “Si tú no cumples desde el paso uno, que es la fabricación, pues estás frito”.
Detrás de la frase existe una idea bastante seria.
La moda mexicana quiere internacionalizarse, desarrollar mejores productos y competir con marcas globales. Para hacerlo, la creatividad seguirá siendo indispensable. Pero también lo será una capacidad que pocas veces se enseña en una escuela de diseño: comprender la estructura empresarial que permite transformar creatividad en industria.
Porque una colección empieza en el boceto.
Una marca, en cambio, empieza cuando sabe cómo llevar ese boceto legal, comercial y financieramente hasta el aparador.

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